jueves, 9 de julio de 2009

MEDIOS, POLÍTICA: SOMOS SEIS MESES


Hablemos del paisaje mental. Me gusta referirme al conjunto de ideas, recuerdos y motivos que albergamos en nuestra consciencia como el paisaje o espacio mental. No es un lugar muy grande. Contiene un número limitado de ítems a menudo organizados por la misma estructura mental que organiza el lenguaje. Estos ítems pueden ser nuestros gustos y prejuicios. Nuestra rutina diaria; nuestras ideas preconcebidas respecto a todo. La “idea” de lo que hay más allá de lo que abarcamos en nuestra vida diaria con nuestros sentidos. Llenamos las incógnitas de nuestra vida diaria con suposiciones, ítems, sobre lo que en cada momento de nuestras vidas no podemos conocer directamente. También incluye un resumen de lo vivido en el pasado, el reciente y el pasado pasado. Tomamos nuestras decisiones con todas esas cosas en mente. Hoy en día la televisión, la prensa, los medios en general, construyen ese paisaje mental en nuestras cabezas. Usted y su vecino pueden estar compartiendo más de lo que creen. El origen de esta coincidencia puede ser lingüístico también, fruto de la mecánica interna de la mente de cada persona. De la misma manera que construimos lenguajes para comunicarnos y construir grupos sólidos en los que se puedan realizar intercambios de información y bienes de manera eficaz, también somos vulnerables a una estandarización del pensamiento con fines sociales. ¿De qué vas? ¿Y tú de quién eres? ¿Te gusta el fútbol? ¿De qué equipo, partido, eres? Son expresiones que acercan esta idea a nuestra realidad. El contenido de ese paisaje mental opera a tales efectos como el lenguaje, es lenguaje en si.
Este paisaje mental explicado es bombardeado constantemente por elementos que dependen de nuestra decisión para subsistir: productos, partidos políticos, iniciativas públicas y privadas. Las televisiones andan en un terreno turbio, a veces quieren penetrar en el paisaje mental de los televidentes para conseguir su atención, disfrazándose de sus gustos, otras veces acaban transformando el paisaje mental de las personas. “Ponemos lo que gusta”, o gusta lo que hay porque es lo único que hay.
A efectos de esta entrada, hoy tocamos uno de los aspectos más sangrantes de nuestra sociedad: las campañas políticas. El único punto vulnerable de nuestro sistema de poder es ese día cada cuatro años en el que una masa “desinformada e inculta” (considerada así por los poderosos) decide cómo se va a repartir el pastel del producto y bien común.
Los partidos cuentan ya con una base de votantes que han decidido excluir otra opción política por su trasfondo histórico. El problema viene a la hora de mantener a los votantes, de base o no, interesados en votar a un partido.
Estos últimos ocho años hemos visto en España una forma de política de comunicación de partido que integra la teoría de campaña electoral en el proceder regular de las intervenciones mediáticas de un partido. En este caso: el Partido Popular. La historia reciente nos ha mostrado claramente como un partido político puede operar mucho más allá de lo éticamente tolerable y permanecer como una opción política ganadora.
La consigna principal de esta política de comunicación se reduce a: tenemos más tiempo en los medios que lo que dura la memoria de los españoles. Se considera que el votante medio tiene una memoria efectiva en la que basar su criterio de tan solo seis meses. No importa lo que haya ocurrido antes de esos seis meses. Todo lo que no entre en ese margen de tiempo ya no forma parte del paisaje mental del votante, al menos no como un recuerdo asociado a una emoción que pueda cambiar el voto. Es por ello que los partidos se centran en los últimos seis meses de legislatura en resumir la política propia y la del contrario. La habilidad de cada partido a la hora de crear ese día invisible en la mente de las personas decidirá quién gobernará.
Por supuesto, esta estrategia no es inmune a la realidad. No existe una estrategia fiable por completo, sobretodo si se basa en el lenguaje, en el mundo que los votantes tienen en su cabeza. En el año 2004 el PP se enfrentaba a unas elecciones en las sus estadísticas les decían que no renovarían su mayoría absoluta, pero que ganarían de lejos. No importó el desastre y la pésima gestión del caso Prestige. El apoyo tácito de nuestro gobierno a una guerra basada en mentiras. Los escándalos de manipulación de los medios… Todo era viejo, viejo pellejo. El votante había olvidado y perdonado con su silencio. Entonces sucedió el triste atentado de Atocha. Los detalles importaban poco. El PP empleó todo su poderío mediático en vender una idea antes de los comicios: que el atentado era obra de un grupo terrorista autóctono, cuyas motivaciones no estaban ligadas al curso de la legislatura del partido gobernante. Fue este esfuerzo exagerado por modificar el paisaje mental de la población lo que vio la población al final y lo que les quitó del poder. Fue el resumen más eficaz de su gestión de gobierno en apenas 3 días: manipulación de los medios, beligerancia injustificada contra países que no nos habían hecho nada, rechazo de cualquier responsabilidad personal por cualquier acción durante su gobierno. Que nos lo recordaran en el momento que necesitábamos líderes competentes y no gestores de comunicación no gustó nada.

Actualmente el PP aplica la misma política de comunicación de impresiones a corto plazo. Cada actuación en unas elecciones es aislada de una interpretación global del curso de todas las elecciones. Se trata de vender una imagen de triunfo constante obviando realidades que relativizarían el entusiasmo.

La clave es que van a estar más tiempo en los medios de comunicación de lo que nuestra memoria puede tolerar. Al final, si avanzamos suficiente en la línea de tiempo, la versión de la realidad que contará será la suya, no la del espectador.

Afortunadamente, y esto es comprobable ayer, hoy y mañana, esta estrategia no es inmune al sentido crítico. Una estrategia de comunicación así se sustenta sobre frases super simplificadoras asociadas a una emoción. Titulares lapidarios reexplicados por los mismos portavoces por pura inercia, no por un deseo expreso de argumentar el titular sino por dar la apariencia de estar argumentando. Esta clase de premisas no soportan un escrutinio lógico. Lo que Rajoy dice fuera de Cataluña no puede ser explicado de la misma forma en Cataluña, porque ahí le harán más preguntas. En otra comunidad “ya se sabe” que Cataluña solo quiere “más para ellos” y dan muchas cosas por sentadas. Vale la pena comparar sus entrevistas en televisiones autonómicas catalanas con sus intervenciones en cadenas de ámbito nacional. La única defensa contra esta estrategia es leer la estrategia en si: la realidad como tal ha dejado de importar cuando lo importante es hallar un modo eficaz de llegar al poder. El periodismo ha dejado de hacer preguntas, simplemente actúa como amplificador de las declaraciones de unos y otros esperando que el lector de periódicos haga un esfuerzo que no hace: interpretar y cuestionar lo que se le dice.

Cuando hable con su amigo político tenga bien en cuenta que. para él, usted solo es seis meses. Tener más memoria es la única manera de asegurar que las responsabilidades tengan peso.